Como hace tiempo que mi laicismo se incrementó y mis rogativas cristianas se redujeron a un Ay Dios!; serás tu este año la diana de mis deseos, y nos esos tres viejecillos de oriente, que desde hace tiempo no andan muy muy finos con sus presentes.
Pues bien.
No te voy a relatar lo bueno o malo que he sido durante 2009.
Pregúntale a tu predecesor, que lo tienes al lado, y él te dirá.
Sólo añadiré en mi defensa que luces y sombras tenemos todos.
Y haber llegado a ti, 2010, sano y salvo, ya tiene mérito...
Te escribo para decirte que a tí más que a nadie te lo he puesto a huevo para que te conviertas en mi año fetiche.
Para empezar, te recibí como toca: en la mismísima puerta del Sol, en muy muy buena compañía, contando todos y cada uno de tus primeros 12 segundos, pensando en ese deseo tan anhelado y, en fin, cumpliendo con la tradición.
A continuación tuve la suerte de incrementar la lista de amigos a los que asociar algún rincón de la capital. Y es que, un abrazo y una buena sonrisa pueden hasta con el más penetrante de los fríos.
De tu primera noche, querido 2010, diré que fue, sencillamente, inolvidable.
Pero me diste horas de ventaja para el as que escondías en la manga.
Mi primer amanecer del año se puede decir que coincidió con el alzamiento del telón...et voilà! Allí estaba. El mejor de los regalos posibles. Chicago ( y Broadway) en estado puro.
A veces hay gestos que valen más que mil palabras. Y como la gente especial no abunda en este mundo, aprovechando la ocasión, te pido, mi venerado 2010, no la tengas muy lejos.
Se necesita.
Yo y mi estabilidad emocional te lo agradecemos.
Y una vez más, enterraba tu primer día a la vez que descubría cómo la capacidad de sorpresa no tiene límites.
De modo que, 2010, te dejo elegir.
O bien te dejas llevar, cumples con los pésimos pronósticos, y te conviertes en 'el peor año en décadas'...
O te pones las pilas, me cumples ese pequeño deseo que tú y yo sabemos, y me sorprendes, me dejas con la boca abierta y los pulmones vacíos, los ojos cerrados y el corazón palpitante, como me ha dejado Madrid. Porque no me negarás que, para empezar, te lo he puesto fácil. O no?
Me despido, no sin antes decirte que te voy a vigilar todos y cada uno de tus días, para verificar que efectivamente, cumples tu parte del pacto. La mía ya está en marcha.
Trato hecho.
Sed felices.
J.